13 AL 15 DE OCTUBRE 2027

Santiago García lleva 63 años remando en el agua y 37 remando por el reciclaje de México. La historia de cómo el país construyó, sin querer copiar a nadie, una de las tasas de recuperación de PET más altas del mundo.

Hace 63 años que Santiago García practica remo. Y, de alguna manera, lleva casi cuatro décadas haciendo lo mismo en la industria del reciclaje: avanzando con disciplina, sorteando corrientes adversas y ayudando a construir un modelo que hoy convierte a México en uno de los referentes mundiales en recuperación de PET. En entrevista con Tecnología del Plástico, García, Coordinador del Comité de Recicladores de ECOCE, reflexiona sobre los desafíos regulatorios, el papel de las empresas, la nueva Ley de Economía Circular y las lecciones que deja una industria que aún enfrenta aguas turbulentas.

En estos últimos 37 años, Santiago ha trabajado por la industria del reciclaje de plástico en México: primero como productor de envases, luego como fundador de una de las primeras asociaciones de reciclaje del país y, desde hace 14 años, al frente del comité de recicladores de ECOCE, el organismo que coordina la responsabilidad extendida del productor para los envases de PET mexicanos.

No es un dato menor. México recicla hoy 64% de sus botellas de PET: en 2024 se recolectaron 571.981 toneladas del material, la cifra más alta registrada en al menos doce años. Es una tasa que duplica el promedio de recolección de Estados Unidos y que convierte al país en referencia obligada para gobiernos y cámaras industriales de toda la región. García fue, en gran parte, quien empujó el remo.

“Hace cien años, la mitad de la población andaba descalza. La otra parte usaba sandalias hechas de pedazos de llanta que les duraban veinte años. Los zapatos eran carísimos. Ahora ya nadie anda descalzo.”

Santiago García
Coordinador del Comité de Recicladores de ECOCE

El fracaso que enseñó a darle valor al residuo

La historia no empezó bien. A finales de los años noventa, un emprendedor puso la primera planta recicladora de PET de México, a las afueras de la Ciudad de México, con maquinaria importada de Europa. El negocio parecía obvio: el envase llevaba menos de una década en el mercado mexicano —llegó en 1992— y ya generaba un problema de recolección que rebasaba a los municipios. Pero la planta no contaba con abasto. Los pepenadores, la población que vive de recolectar materiales con valor en las calles mexicanas, no sabían qué hacer con un plástico que apenas conocían.

“Empezó China a querer comprar para producir fibra de poliéster. Entonces el precio lo determinaba China”, recuerda García. Cuando el precio subía, llegaba material; cuando bajaba, los recolectores preferían dedicarse al vidrio y al metal. La planta, atrapada en esa montaña rusa, quebró en menos de tres años.

De ese fracaso salió la lección que terminaría explicando buena parte del éxito mexicano posterior. “Eso indicó que lo importante era darle valor al residuo”, dice García. “Si ese valor era suficiente para operar, bien; si no, había que crearle un valor mientras aparecía el mercado”.

Crear la oferta para que apareciera la demanda

En 2002, el gobierno mexicano publicó la Ley General de Residuos, que clasificó los envases de PET como residuos de manejo especial y presionó a las embotelladoras para que hicieran algo con ellos. La respuesta de la industria fue, según García, casi una apuesta de manual de economía al revés: en lugar de esperar a que la demanda generara oferta, decidieron subsidiar el precio pagado al recolector para garantizar que la oferta apareciera primero.

“Las empresas refresqueras le dijeron al gobierno: vamos a subsidiar el precio al recolector, y nuestro presupuesto el primer año son 20 millones de dólares”, cuenta García. “Esa fue la palabra mágica. Si están dispuestos a gastar 20 millones de dólares es porque creen en esto”.

Así nació ECOCE, con los embotelladores como primer eslabón dispuesto a asumir el costo mientras se organizaba el resto de la cadena.

El riesgo se disolvió casi por accidente: poco después, el mercado chino de PET reciclado explotó, el precio subió solo y el subsidio dejó de ser necesario. Empezaron a llegar las primeras plantas recicladoras de grado alimenticio —una de ellas, una coinversión entre Coca-Cola Company, ALPLA y Coca-Cola FEMSA— y, con ellas, una demanda estable que México no ha vuelto a perder del todo.

Un detalle distingue a México del resto del mundo: mientras en Estados Unidos, Europa o el sur de Asia la mayoría del PET reciclado termina como fibra textil para alfombras, en México regresa mayoritariamente a nuevas botellas o a láminas termoformadas para empaques de alimentos. “México tiene probablemente el mayor índice, la mayor proporción de lo que se recicla que regresa a nuevas botellas. Una economía circular”, resume García.

La escuela como semillero

Uno de los pilares que sostuvo el crecimiento fue el trabajo de ECOCE con la comunidad: construir cultura ciudadana alrededor del reciclaje, empezando por los más jóvenes. Durante años sostuvo un programa escolar, en el que los colegios recolectaban botellas de PET a cambio de puntos canjeables por material didáctico, balones o computadoras, nunca dinero en efectivo.

El programa llegó a cerca de seis mil escuelas del país. “Trescientos chicos por escuela, seis mil escuelas, veinte años: varios millones de estudiantes se expusieron a eso y entendieron que el reciclado funciona, que es real, y que el ciudadano tiene una parte en el reciclado”, calcula García. El resultado, dice, es que hoy funcionarios mexicanos citan las tasas de recolección de PET del país como motivo de orgullo en foros internacionales.

Ese trabajo de imagen tuvo, además, una consecuencia regulatoria concreta: cuando hace unos años se desató la ofensiva global contra los plásticos de un solo uso, la botella de PET —que técnicamente también lo es— quedó fuera de la mayoría de las listas de prohibición en México. “¿Por qué? Porque ya tiene la imagen de que esa no es problema, que se recoge el 60%, que se recicla, que regresa a botellas”, explica García.

Petstar, el modelo que el mundo viene a estudiar

“No solo es la más grande, es la mejor. La he visitado con extranjeros y quedan maravillados: la calidad, las altas eficiencias, la recuperación de agua, el uso de energía solar”.

Santiago García
Coordinador del Comité de Recicladores de ECOCE

PetStar es hoy el principal proveedor de PET reciclado para Estados Unidos, y la Association of Plastic Recyclers estadounidense planea llevar a todo su equipo —unas treinta personas— a conocer la operación en septiembre. La planta también sostiene programas sociales para las familias recolectoras que la abastecen: centros de comida y educación para que los hijos de los recolectores no terminen trabajando en los vertederos.

Los números detrás del 64%

La curva de dos décadas de acopio de PET en México cuenta, en cifras, la misma historia que Santiago García narra en anécdotas. Entre 2012 y 2024, la tasa de recuperación pasó de 58% a 64%, con un solo bache serio: 2015, cuando cayó a 50% —el año en que China empezó a retirarse del mercado y los precios se desplomaron— y una caída más moderada en 2020, al 52%, en plena pandemia. Después de ese mínimo pandémico, la recuperación fue rápida: 59% en 2021, 60% en 2022 y una escalada sostenida hasta el 64% de 2024, el año con mayor volumen recolectado de toda la serie: 571.981 toneladas, muy por encima de las 392.891 de 2012.

Tasa de acopio de botellas PET en México, histórico. Fuente: ECOCE.

AñoToneladas% de acopio
2012392.89158%
2013424.36060%
2014406.62458%
2015364.32250%
2016424.78457%
2017444.57758%
2018438.08656%
2019414.49653%
2020413.78052%
2021487.45259%
2022547.48360%
2023540.47563%
2024571.98164%

Acopio de PET en México, en toneladas y porcentaje sobre lo puesto en el mercado. Fuente: ECOCE.

Detrás del salto post-pandemia hay una explicación que García cuenta casi como anécdota doméstica: el confinamiento disparó la demanda de empaque —desde lechugas envueltas en plástico hasta comida a domicilio— y con ella creció también el volumen de material disponible para reciclar. México, además, se consolidó en esos años como el principal exportador mundial de fresas, frambuesas y zarzamoras, frutas que se empacan casi exclusivamente en clamshells de PET reciclado. “Hay varios mercados que se han desarrollado muy bien para el PET reciclado”, dice García, y calcula que, solo en la cadena de recolección, viven hoy cerca de 60 mil familias mexicanas.

Tormenta importada: dumping y resina virgen barata

El año pasado, la ecuación que había funcionado durante dos décadas empezó a tambalear, aunque no por una causa mexicana. China levantó plantas de resina virgen de millones de toneladas de capacidad y empezó a poner producto a precios muy por debajo del mercado. México ganó demandas antidumping contra China, pero el material empezó a llegar, dice García, triangulado desde Vietnam y Malasia, países contra los que hoy hay demandas antidumping en curso.

Ninguna recicladora mexicana ha quebrado todavía, a diferencia de lo ocurrido en otros países durante el último año, pero varias suspendieron ampliaciones o están en venta.

“Mientras más integrado puedas estar, más protegido estás. El que está aislado es más vulnerable”.

Santiago García

“Mientras más integrado puedas estar, más protegido estás”, resume García, quien pone como ejemplo a los embotelladores que también fabrican productos con la resina que reciclan: pueden compensar un precio de compra alto subiendo, a su vez, el precio de venta al público.

García también matiza el temor —extendido en el sector— sobre la renegociación del T-MEC. A su juicio, el comercio de material reciclado entre México y Estados Unidos es marginal frente al de resina virgen, y la mayoría de los grandes fabricantes de resina, como Alpek e Indorama Ventures, ya tienen plantas en ambos países. La preocupación real, dice, está en la industria automotriz, que sí depende del tratado y que consume buena parte del PET reciclado destinado a rellenos de asientos y alfombras.

La ley de economía circular: la próxima etapa

En enero de este año entró en vigor en México la Ley de Economía Circular, la primera norma general que exige, aunque todavía sin un porcentaje definido, el uso de contenido reciclado a sectores que hasta ahora no lo utilizaban: aceite comestible, productos de limpieza, salsas y condimentos, entre otros. El reglamento, con detalles específicos, debe publicarse dentro de los próximos meses, y en paralelo se negocian los llamados “acuerdos de implementación”: esquemas donde un organismo coordinador —candidato natural: el propio ECOCE— agrupa a empresas de un sector y fija metas de circularidad.

García es optimista, aunque matizado. “Va a ayudar por varias razones. Los recicladores van a poder medir mejor la demanda, y eso le va a dar estabilidad al mercado”, dice. La Secretaría de Medio Ambiente mexicana ya adelantó que el sector de envases de PET será el segundo en implementar estos acuerdos —después del de llantas—, precisamente porque, según le dijeron a García, “ustedes tienen una estructura que ya tiene 20 años, ya hay una gran circularidad, tienen mucha información: va a servir para que el gobierno aprenda y sirva de modelo para otras industrias”.

Uno de los obstáculos técnicos que persisten, admite García, es que no existe todavía un método físico-químico confiable para verificar cuánto contenido reciclado tiene efectivamente un producto. Por ahora todo el sistema se sostiene sobre comprobantes documentales de compra, no sobre pruebas de laboratorio.

El diseño también recicla

Otro cambio, más silencioso, ocurre en los departamentos de mercadotecnia de las marcas. García recuerda una botella opaca y plateada de un refresco de dieta que, hace años, era —en sus palabras— la más irreciclable que existía. Cuando le reclamó a un ejecutivo de la marca por qué no la rediseñaban, la respuesta fue que la tasa de reciclaje del país ya estaba en 80% y que no valía la pena.

Hoy, dice García, esa misma persona ya no diría eso: la botella verde de Sprite se volvió transparente en México, y una de las mayores fabricantes mexicanas de productos de limpieza —Grupo AlEn, con una planta de 40 mil toneladas anuales— eliminó el color de sus envases, todos hechos con 100% material reciclado, para facilitar que a su vez puedan reciclarse.

El mensaje para las nuevas generaciones

Antes de cerrar la conversación, le pregunto a García qué le gustaría que entendieran las nuevas generaciones de empresarios sobre una industria que, dice, todavía carga con una imagen que no le corresponde. Su respuesta no fue un dato, sino una historia: a mediados de los noventa, un sondeo de opinión situó a la industria del plástico estadounidense en el penúltimo lugar de reputación entre todos los sectores, solo por encima del tabaco. La respuesta del American Chemistry Council no fue explicar las propiedades del plástico, sino asociarlo con tres valores: la vida, la salud y la familia. Comerciales de televisión mostraban una bolsa de aire salvando a un conductor, un invernadero de polietileno sosteniendo una cosecha, una máscara de oxígeno en un hospital. El siguiente sondeo ubicó a la industria a la mitad de la tabla.

“Durante mucho tiempo la industria del plástico fue culpable de su propia mala imagen”, dice García. “Crecías al 6% anual y decías: que hablen mal de mí mientras compren”.

Santiago García
Coordinador del Comité de Recicladores de ECOCE

El costo de ese silencio, sugiere, todavía se paga hoy en la desconfianza ciudadana hacia un material que —insiste— hizo posible que la mitad de la población mundial dejara de andar descalza, que las transfusiones de sangre se volvieran seguras y desechables, que una incubadora neonatal fuera viable a bajo costo.

Sesenta y tres años después de su primer remo en el agua, y treinta y siete después de su primer día en una planta de envases, Santiago García sigue remando, ahora por una industria que —como él mismo reconoce— todavía no está a prueba de tormentas. Pero el bote, al menos, no se ha volteado.

Fuente: https://www.plastico.com/